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PERIÓDICO TRABAJADORES/ RETRATO: Toda una leyenda.

Alfredo Vázquez Páez es una leyenda viva en Ómnibus Nacionales. A sus 80 años todavía se mantiene activo. En su camisa tiene prendidas un montón de medallas que hablan por sí solas de este sencillo cubano. Entre estas sobresalen las de combatiente internacionalista en la República Popular de Angola, donde cumplió misión como caravanero en 1983.

Muestra su cabeza, aún tiene la huella de la herida causada por la explosión de una mina. “Eso fue en Dinge, los caravaneros corríamos riesgo. Recuerda a su compañero Jesús Fornia, quien al bajarse del carro fue víctima de una mina. “Era nuestro artillero. Perdió los dos ojos. A cada rato voy a verlo”, y para él eso es un acto de fidelidad hacia sus hermanos de combate, que arriesgaron su vida por la causa del pueblo angolano.

Entre las medallas de Alfredo están las de Vanguardia Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de Transporte y Puertos, al que ha dedicado su existencia. Afirma que nació en 1938, pero su madre, muy pobre y con 10 hijos, lo pudo inscribir dos años después, así que si uno se guía por esta fecha sumaría un poquito más a su calendario.

“Si le digo una cosa, no me lo cree, entré a trabajar en los ómnibus en 1947, como fregador, entonces tenía nueve años, pero en la inscripción aparecía con siete. No tenía casa, yo dormía en la ruta de guagua, una terminal que pertenecía a Francisco Méndez, en el central Toledo, hoy Manuel Martínez Prieto, en La Habana”. Cuenta eso con naturalidad, como si hubiera sido lo más normal en un niño. “En ese entonces, solo había podido llegar a segundo grado, con mucho esfuerzo de mi mamá.

“A esta terminal llegué en 1951, no me dieron empleo, era negro y nunca había ido a la escuela. Oficialmente comencé en el sector en 1954, como fregador de la ruta 22. Me pagaban una peseta y me daban un plato de comida. A veces limpiaba otras y me ganaba algunas peseticas”, expresó.

Según relata, fue al triunfo de la Revolución que logró manejar un ómnibus, pues aunque ya poseía la licencia de segunda, no tenía acceso al puesto. “Había mucha discriminación, yo la sufrí. El primer viaje que hice fue en 1959, para la conmemoración del 26 de Julio en Santiago de Cuba. La guagua iba llena de artemiseños. Logré en ese momento mi licencia de primera, y más nunca me separé de mi carro”.

Trabajador de la unidad empresarial de base Víazul, perteneciente a la empresa de Ómnibus Nacionales, expuso que ha manejado en la línea Habana-Baracoa. Para él está no es la vía más peligrosa. “Más cuidado hay que tener en la ciudad, porque hay más tráfico. Para subir la Farola hay que ir despacio, cambiar en el tiempo asignado, todo es una escuela. Para mí más riesgosa es la carretera de Viñales”.

Lo dice alguien que conoce las carreteras como la palma de sus mano. En sus hombros están las charreteras que muestran las barras por sus 50 años de servicio sin accidentes, aunque asevera que son un poquito más, porque nunca los ha tenido. “Cumpliendo el Código de Vialidad, es posible”. No obstante, apunta, ha estado presente en eventos de ese tipo, aunque no como chofer; y siempre existe alguna causa, ya sea humana o técnica.

En estos tiempos de la COVID-19 la nostalgia lo ha marcado, ya que, como persona vulnerable por su edad, decidieron que permaneciera en su hogar. “Pero yo quisiera estar haciendo cosas; ayudar en la limpieza o en cualquier labor de la reconstrucción. La terminal significa mi vida, yo no puedo vivir sin este lugar”, asegura con una añoranza que le sale del corazón.

Ante la pregunta de hasta cuándo manejará, dice que mientras la salud se lo permita. “Todos los años me someto a exámenes, y los apruebo”, y para demostrar su agilidad hace algunas cuclillas. “Siempre hago ejercicios, además, no bebo, solo alguna que otra vez fumo un tabaco”, y asegura que su máxima es hacer el bien a todas las personas y aprender algo cada día”.  Y lo dejo con su sonrisa pletórica de humildad, como si no supiera que él es una historia viva de la que mucho se aprende.

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